sábado, 22 de junio de 2013

El poder de las minúsculas


Hoy quiero reflexionar en voz alta y hacerles partícipes de esta sensación de vértigo que me produce hilvanar los pensamientos y dejarlos que discurran cerebro afuera. Los días que aún me planteaba de qué quería hablar, le leía a mi hija antes de dormir pasajes del Pequeño Príncipe, un libro de esos de lectura obligatoria durante mi adolescencia y que oculta muchos más secretos de los que una puede descubrir a los quince años.

Decía el piloto que dibujaba boas con elefantes en su interior que las personas mayores no desean conocer la esencia de las cosas. Que cuando haces un nuevo amigo no te preguntan por el color de sus ojos ni por el timbre de su voz. Sólo quieren saber cuántos años tiene, cuántos hermanos y cuánto gana su padre. Si decimos que tenemos una casa bella cuajada de rosales, con geranios en las ventanas y palomas sobre el tejado, nos preguntarán cuánto nos ha costado y solo entonces dirán: “qué bonita”.
Antoine de Sant Exupery hablaba de “personas mayores” pero yo comenzaba a vislumbrar el discurso androcéntrico de una sociedad que se mueve alrededor de cifras, de tantos por ciento y que entiende el progreso sólo de dos maneras: aritmética o geométricamente. Una sociedad que aceptaría la existencia del principito si le decimos que proviene del asteroide B 612. Lo esencial continúa siendo invisible para los ojos.

Y de pronto recordé lo que escuché decir en una ocasión a Victoria Sau, una señora de mente lúcida y verbo claro, que ha sido capaz de escapar al discurso oficial que rige nuestras vidas y ver el mundo con perspectiva de mujer. Tuve el privilegio de escucharla en Madrid, en un congreso de mujeres y comunicación. Dijo, así como de pasada, que sería imposible vivir en un mundo donde la única manera de comunicarse fuera la de los varones.

Informaciones que ellos generan, interpretan, transmiten y que todos consumimos. Pero sería del todo inviable construir una vida sin conocer los pormenores de nuestro entorno. Sin saber si ha muerto el tendero de la esquina, si la vecina del entresuelo se ha divorciado o si van a abrir un supermercado en el barrio y necesitan cajeras. Pareciera que la única información que importa ser transmitida es la que figura bajo los epígrafes de política, economía, judicial, deportiva o Cultura con mayúsculas.
Todos los demás contenidos que llenan y hacen transitable nuestra existencia cotidiana aparecen como accesorios, prescindibles. Todos jugamos a este juego antiguo; las mujeres también. Tras siglos de silencio hemos aprendido mucho. Que esas son las reglas y si queremos participar en la partida, las hemos de acatar.
Pero tenía razón Victoria Sau. El mundo no se puede entender ni disfrutar con ese tipo de comunicación sesgada.

Los datos del IPC serán muy importantes, pero lo que realmente quieren decir es que han subido los libros del colegio de los niños y que el precio de las alcachofas se ha disparado por las heladas de enero. Dicho así parece un tema menor, charlas de mercado. Si el Banco Central Europeo decide subir el precio del dinero y el euribor se incrementa dos décimas, nosotras traducimos: pagaremos más por la hipoteca.
Si la OPEP recorta las exportaciones petrolíferas, gran titular de economía, lo que nosotras entendemos es que subirá la luz y que con treinta euros de gasolina no pasaremos la semana. Si televisan la final de la Champions: ya podemos ir haciendo planes para el miércoles. La información es la misma, sólo la lectura es diferente, cercana, con nombres y apellidos.

No son necesarios los neologismos ni los discursos grandilocuentes que la mayoría de las veces sólo esconden ignorancia. Una vez, un prestigioso economista que nos impartía un curso de lenguaje económico para periodistas nos dijo que la sencillez es un enemigo mortal para los presuntuosos. Que si alguien no tiene nada que decir o no sabe lo que dice, lo envuelve en multitud de oraciones subordinadas, aleja premeditamente el sujeto del predicado, lo disfraza de discurso pretencioso y oculta su ignorancia tras un argot ininteligible.

A estos oradores de mayúsculas se les desarma con la simplicidad de lo cotidiano. Un lenguaje que nosotras manejamos muy bien y que, desgraciadamente, no somos conscientes de su valor, del poder de las minúsculas.
Son esas letras minúsculas, las grandes ausentes de la historia del mundo, las que le dan el auténtico sentido a nuestras vidas. Esas letras minúsculas que no aparecen en los textos de la historia oficial. Que nunca ganaron guerras ni colonizaron continentes ni usurparon tronos ni fundaron religiones.
Pero son precisamente esas minúsculas, las que se escriben con caligrafía dispar, con acentos y diéresis, las que pueblan el mundo, las que paren héroes, fraguan rebeliones y alimentan a las tropas. Las que siembran y recogen cosechas, las víctimas de todas las tropelías que engrandecen a capitanes y monarcas, las que saben a ciencia cierta, y hasta con decimales, lo que cuesta ganarse el pan con el sudor de la frente. Las que han aprendido a leer entre líneas mucho antes que a leer entre libros. Las que pierden la virginidad junto con el apellido. Las que llevan arrugas tatuadas en la piel. Las bases de todas las torres.

Esas son las constructoras de este mundo con minúsculas que yo reivindico hoy. Fíjense en las mayúsculas. Todas letras igualitas, de la misma altura, cortadas por el mismo patrón. No hay diferencias después del punto, todas se escriben hacia arriba, con cajas altas. Letras de titulares, letras para miopes.
Y nosotras, con nuestras minúsculas. Con nuestras bes bien arriba y nuestras pes bien abajo. Con nuestros puntos sobre las jotas y sobre las íes, nuestras variedades de aes y de eses. Las que vivimos como escribimos, en minúsculas, nos dejamos ver el alma en nuestra caligrafía.

Pero, desgraciadamente, hace poco que hemos empezado a formar parte de la historia del mundo. Hace poco que hemos tomado conciencia de la importancia de la letra pequeña, esa que hay que leerse bien despacio para que no nos tomen el pelo. La letra menuda que pone todos los matices. Hay que leer mucho y mirar con otros ojos para darse cuenta de que en un texto, como en la vida, por cada letra mayúscula que encabeza un párrafo, hay cientos de minúsculas que en realidad son las que cuentan la historia y sus pormenores.

Decía una profesora mía que las mujeres, los niños, los negros y los pobres somos las víctimas de la Historia, con mayúsculas. Debe de ser por eso que la palabra víctima es femenina. Hoy estoy contenta de de asistir a esta entrega de premios donde las mujeres han tomado la palabra.
Hace tres años que soy jurado de este premio y por delante de mis ojos he visto desfilar muchos corazones ataviados solamente con palabras. He leído historias antiguas, de viajes sin regreso, de soledades irreparables. He conocido mujeres fuertes que sabían barruntar tormentas en ojos ajenos, que amaban a hombres que nunca lo supieron, que vivieron con hombres que nunca las amaron.
Entre mis dedos han quedado restos del color del azafrán que empaquetaban, del esparto de sus alpargatas y de la arena de su primera playa. He reído con aventureras de salón, con robinsonas de sí mismas y neuróticas de fin de semana. Me han enternecido en su lucha cotidiana contra los espejos, contra hijos que nunca acaban de crecer y amantes incapaces de conjugar el tiempo futuro de los verbos.
Me han enseñado a sus abuelos que crearon nuevas estirpes allende los océanos y he sentido todo el dolor que produce el silencio, la vuelta a la nada, el miedo que revienta en cardenales. Las mujeres han hablado mucho de sí mismas, de lo que quisieron ser y no fueron, de lo que son pero no desearon ser, de lo que están empezando a ser y de lo que nunca serán.
La palabra ser, que es al mismo tiempo verbo y sustantivo, está muy presente en las narraciones de las mujeres que podido leer. Muchas, la mayoría, estoy segura de que hablaban de ellas mismas. Otras se escapaban en almas ajenas, en cuerpos ajenos que gozaban mucho más de lo que les han enseñado a disfrutar. Algunas han mostrado un ácido sentido del humor, corrosivo hasta en sus últimas voluntades.
Todas, excepto unas cuantas, permanecerán siempre en el anonimato. Pero estas mujeres, muchas de las cuales no llegaron a escribir nunca ni un diario de adolescentes, han perdido el miedo a las palabras y han roto la inmensa cadena que nos ha sumido durante siglos en la inexistencia. Que nos ha convertido en personajes de reparto de una película muda.

Quizá algún día, generaciones venideras encontrarán en un biblioteca los libros que edita la Direcció General de la Dona con los relatos de estas mujeres y puedan volver a revivir lo que sintieron y vivieron aquellas que los escribieron.
Esa sería otra historia paralela, escrita con todas las minúsculas del alfabeto femenino.
(Discurso para la entrega de premios del III Concurs literari de narrativa per a dones)

jueves, 29 de noviembre de 2012

Luz de gas

                                                                                                                                                    Existen muchas maneras de morir.
Tantas como víctimas sin funeral.
Existen muchas maneras de matar.
Tantas como verdugos sin rostro que saben administrar sutilmente el veneno más mortífero y eficaz; aquel que no deja rastro ni posibilidad de condena.

Estas víctimas y verdugos, que no constan en las estadísticas, se esconden a menudo tras la puerta de al lado y, a veces, si nos atrevemos a levantar la máscara, quizá en nuestras propias casas.
Es una violencia agazapada en los dormitorios, que no deja marcas en la piel.
Un bebedizo letal que ataca directamente el alma y que se extiende con parsimonia hasta crear cadáveres ambulantes. Antes suele romper el corazón aunque los médicos no detecten los añicos a través de los electrocardiogramas.
Los sentidos, con el desuso, se vuelven inoperantes. Se apaga la luz de los ojos, los oídos se niegan a escuchar los mensajes asesinos, la boca olvida la risa y el sabor de los besos. No hay caricias para las manos y las lágrimas embozan la nariz provocando una sutil voz nasalizada.
Busquen los síntomas, intenten descifrar cuántas de las mujeres que se han cruzado hoy en su camino sufren este mal, una enfermedad ignota que ni ellas saben que padecen.
La indiferencia, el menosprecio cotidiano, la humillación, la explotación doméstica, la violación por derecho o el abandono sexual dejan secuelas en el cerebro. Pueden asomarse a la cara en forma de depresión, agudizando neurosis o despertando otros males mentales más agresivos que las convierten en carne de psiquiátrico. A veces las trombosis más agudas tienen su origen en el alma. Muchas minusvalías físicas esconden una persona maltratada, casi siempre mujer, que nunca aparecerá en las estadísticas del ministerio de turno.
Que alguien encuentre rápido algún antídoto para todas estas enfermas crónicas que reciben regularmente su dosis de veneno, su sesión diaria de luz de gas en la más estricta impunidad.

miércoles, 18 de julio de 2012

RTVV Obituario. 2ª Parte.


Rojos, catalanistas y maricones.
Ésa era la plantilla de RTVV cuando el PP llegó al gobierno de la Generalitat en 1995, apenas cinco años después del inicio de las emisiones,  y tomó posesión de sus nuevos dominios.
 “¿Y tú en qué categoría entras?”
Esa pregunta era la primera vez que circulaba entre los trabajadores porque hasta entonces nadie se había interesado por sus perfiles ideológicos. Para entrar pedían titulación, conocimiento oral y escrito del valenciano (no para joder, como algunos pensaban, sino para poder trabajar), experiencia y profesionalidad, pero nunca filiación política ni afinidad ideológica. En realidad, entre la plantilla original de RTVV había un muestrario variopinto de personas con las que podías ir a tomarte unas cervezas, o no, pero cuando se ponían detrás o delante de la cámara solo había grandes profesionales de la información. Llegaron del Levante, de Las Provincias, de la SER, de la COPE, de RNE o recién salidos de la universidad. Había quien comulgaba a diario y quien hablaba “catalán en la intimidad”, quien guardaba las plumas antes de pasar por la recepción y quien cumplía a rajatabla todos los mandamientos. No se sabía qué votaban ni puñetera falta que hacía, porque no estaban allí para hacer política sino para hacer periodismo en valenciano.

Pero los recién estrenados comisarios que desembarcaron en los despachos y en las cabinas de mando no escondían el desprecio que sentían por la redacción de informativos. Nos sentíamos observados, amenazados y humillados. Sembraron la sospecha, premiaron la delación y pasaron lista. Una lista muy negra y muy larga.  
Pusieron una cruz al lado de nuestros nombres y nos crucificaron: ésta es roja, ése maricón, aquella es catalanista, a este otro ponle tres cruces porque lo tiene todo...

Y así fue cómo una plantilla compuesta por medio millar de trabajadores se duplicó y luego se triplicó. Así fue cómo los periodistas expertos en política local tuvieron que aprender deportes autóctonos como la pilota valenciana. Los especialistas en internacional que habían cubierto la Guerra del Golfo acabaron sus días haciendo fiestas locales. Los que cubrían las Cortes se acostumbraron a hacer noticias de agricultura. Punt 2 nació con una clara vocación de cementerio donde sepultaron en vida a lo más granado del periodismo valenciano. Su único delito fue haber conseguido trabajo, la mayoría después de haber aprobado unas duras oposiciones, mientras gobernaba el PSOE en la Generalitat.

Las nuevas remesas eran más dóciles, más jóvenes y también, por qué no decirlo, más ignorantes. En la redacción había que explicarles quién era quién en el panorama político y social valenciano e incluso había que escribirles los textos en valenciano. Con la era Zaplana comenzó el declive de RTVV que se convirtió en poco tiempo en su cortijo particular con sede central en Benidorm. Y comenzaron a llegar los hijos de, los primos de, las novias de, los compadres y los correligionarios que se extendieron por todas las secciones existentes y por las nuevas que se crearon ad hoc.
Luego Camps, como tampoco se fiaba de los trabajadores que habían entrado de la mano de su antecesor, volvió a ampliar la plantilla con personas afines. A Fabra no le ha dado tiempo. Canal 9 reventó por los cuatro costados.

La estrategia les ha salido perfecta. No creían en una RTVV pública y de calidad pero como su “religión” les prohibía matar dejaron que se muriera lentamente. Ahora, al albur de la crisis económica y tras haber hecho trizas la reputación de Canal 9, han decidido provocarle un coma inducido. Durante estos últimos 17 años, la usaron, la convirtieron en un juguete caro y estúpido. Y ahora que ya son mayores no necesitan seguir jugando.
Pobre juguete roto.  

martes, 17 de julio de 2012

RTVV Obituari. 1ª part.


“Què li pareix a vostè l’arribada del Canal Nou?” – va preguntar el periodista a un llaurador del Vinalopó Mitjà mentre regava el seu hort - “A mi molt bé. Tot el que siga bo per al camp...”, va respondre l’agricultor. L’home, que no havia vist més “carxofes” que les que ell mateix conreava, ni coneixia més canals que els de rec, va deixar bocabadat el periodista que no sabia si li estava prenent el pèl o anava amb segones.
Sense voler-ho, el camperol es va convertir en el testimoni estrella.
Era la tardor del 1989 i a Canal 9 s’estava preparant tot un seguit de vídeos amb l’opinió del valencians sobre  la nova televisió autonòmica,  per emetre’ls el dia de l’estrena prevista per al 9 d’octubre.
Poc abans, al setembre, havíem patit l’enèsim episodi de gota freda a la Comunitat i els primers equips ja havien gravat molt material audiovisual sobre les desfetes causades per la nostra capritxosa climatologia. Feien “nevera”. Començava així la història en betacam de tot un poble que mai s’havia mirat de prop al mirall.
Per primera vegada, una televisió mostrava amb detall la vida quotidiana dels valencians, des de Vinaròs al Pilar de la Horadada i ens podíem reconèixer en eixa geografia humana que parlava valencià amb accents multicolors. Amb l’apitxat de les Hortes, amb la dolçor cantarina de les comarques centrals, amb el trencaclosques de les llengües frontereres dels Vinalopós o amb el castellà “amurcianat” del Baix Segura.
Calia “fer país” d’un territori massa allargat que vivia d’esquenes a la seua pròpia història. Eixa havia de ser una de les titàniques tasques que donaven sentit a la creació d’una televisió autonòmica. Donar prestigi social a una llengua quasi clandestina que s’avergonyia de si mateixa només creuar la porta de casa era un altre gran far que guiava l’esperit del Canal 9 que jo vaig conèixer i estimar. Però n’hi havia més: ensenyar a amar la cultura autòctona, conèixer les recents institucions autonòmiques, posar-li cara al “Molt Honorable” i els seus consellers de torn...

Va ser una bona època per als periodistes. Només que saberes una mica de valencià, après o heretat, hi havia treball a manta. Per això estaven els lingüistes (treballadors claus en el naixement de Canal 9 i que han mort amb ell), per crear del no res un idioma tant a mig camí de tot que ningú s’hi reconeixia. D’això que en diuen valencià estàndar.
Jo recorde sessions telefòniques interminables amb el lingüista de torn per aprendre a pronunciar correctament la s sonora de casa i la e oberta d’audiència. És el que tenim els castellanoparlants,  que si ens trauen de les cinc vocals bàsiques no anem gaire lluny. Per això, abans que se m’oblide, vull agrair el treball que van fer amb mi eixos abnegats lingüistes per fer-me definitivament bilingüe. Jo he après a parlar i a escriure valencià amb Canal 9, que el Senyor tinga a la glòria.
Però un dia van arribar ells... (continuarà)

lunes, 21 de mayo de 2012

El PP ha ganado la Champions


El PP ha ganado la Champions.
Vi las huestes de Rajoy disfrazadas con la camiseta del Chelsea y supe que ganarían el partido desde el minuto cerocoma.
Su estrategia político-deportiva era inconfundible. No jugar. No dejar jugar. Esperar atrincherados en su área hasta que el contrincante reviente por el esfuerzo y luego esperar que se aparezca la virgen. Y la virgen, si se reza con devoción, aparece.
Dicen que el fútbol se lo debía al Chelsea por no sé qué otras derrotas anteriores que nadie se esperaba. Igualito que con Rajoy, que a la tercera fue la vencida después de sucumbir cuando parecía que lo tenía todo ganado.
Pero el triunfo no le llegó al equipo londinense por méritos propios sino por agotamiento del contrario tras una resistencia numantina. La mediocridad avanza, consigue éxitos aunque sea a costa de aburrir hasta los muertos. El planteamiento de juego no importa, lo que importa es el resultado final.
El pragmatismo venciendo a la imaginación.
El Chelsea es un todo un experto en eso. Antes de llegar a las "generales" contra el Bayern ya ensayó en las "autonómicas" contra el Barça.
Cuando escuché a los ingleses celebrar la victoria con un "campeones, campeones oeoeoé" y vi la bandera de España en el palco no me pude resistir: ¡Que bote Rajoy!
Los perdedores iban de rojo. ¿A quién se le ocurre?

martes, 27 de marzo de 2012

Treinta años y un día


No es la primera vez que Andalucía se “subleva” ante el gobierno de Madrid. Ya lo hizo cuando decidió convertirse en “comunidad autónoma histórica” (igual que Cataluña y País Vasco) eligiendo el artículo 151 en vez del 143 que proponía el gobierno de la UCD. Y mira que la preguntita del referéndum tenía su intríngulis: “¿Da usted su acuerdo a la ratificación de la iniciativa prevista en el artículo ciento cincuenta y uno de la Constitución a efectos de la tramitación por el procedimiento establecido en dicho artículo?”. Vamos, que había que ir a votar con el María Moliner debajo del brazo.

Bueno pues Andalucía dijo que sí ratificaba y lo dijo enfrentándose a todo el aparato desmovilizador del Estado y a todos los partidos de derecha que querían una Andalucía “segundona” sin identidad propia. Yo no pude votar en ese referéndum porque aún no era mayor de edad, pero sí pude hacerlo en 1982 cuando se convocaron las primeras elecciones al Parlamento andaluz que ganó el PSOE con una mayoría absoluta de 66 escaños.

Efectivamente, Andalucía ha pasado 30 años en poder del partido socialista.

Y mucha gente se pregunta cómo hemos podido aguantar tantos años.

Yo tengo algunas respuestas para esa pregunta tan malintencionada que parece llevar implícita la respuesta. Pero mis respuestas no son las que quisieran oir aquellos que formulan esa pregunta.

Tuve que dejar Andalucía para irme a estudiar Periodismo a Barcelona porque en mi tierra no existía ninguna facultad donde pudiera hacerlo. El día que me marché, subí en un autobús de línea que tardaba cuatro horas en recorrer los 150 kilómetros que separan a mi pueblo de Sevilla. Un viaje infernal por una carretara inmunda sin arcenes y plagada de curvas donde apenas podían cruzarse dos vehículos.

El tren en el que viajé a Cataluña tardaba más de veinte horas. Era un convoy renqueante con compartimentos para ocho personas que olía a pies, a tabaco y alientos varios que impregnaban el escay de los asientos.

Y yo tenía suerte. Era la primera chica del pueblo que iba a estudiar una carrera universitaria. Hasta entonces, las que me precedieron y tuvieron la suerte de poder estudiar solo aspiraban a hacer Magisterio.

El pueblo que yo dejé tenía un médico, excelente eso sí, pero uno. No había centros de salud en toda la comarca y el hospital más cercano estaba a cien kilómetros y dos horas en coche porque el camino más recto entre Rosal (mi pueblo) y Huelva carecía de carretera en algunos tramos y había que dar una vuelta enorme atravesando toda la sierra (por esa carretera inmunda sin arcenes y plagada de curvas).

Las tiendas de mi pueblo eran pequeños bazares donde se despachaba bacalao, zapatos, detergentes y bragas por el único mostrador de madera del local. En las trastiendas vivían los tenderos. Había muchos bares pero ninguna biblioteca.

La población mayor se reunía en las esquinas (los hombres) y en misa (las mujeres). Las vacaciones eran una entelequia. Muchos de mis mayores no salieron nunca del pueblo, ni siquiera para ir al hospital y los velatorios se hacían en casa.

Así era la vida para los habitantes de un pueblo andaluz (pongamos que el mío) cuando entraron a gobernar los socialistas a primeros de la década de los 80.

En estos 30 años (¡cómo hemos podido aguantar tanto tiempo!) he vuelto muchas veces al lugar que me vio nacer y donde residen los míos. Lo hago por una autovía, la A-92, que vertebra Andalucía de norte sur y de este a oeste. También podría hacerlo en AVE o en avión, pero me gusta recorrerla entera.

De Sevilla a mi pueblo tardo apenas hora y media por una carretera nueva, ancha, con amplios arcenes, bien señalizada, con innumerables tramos para vehículos lentos y con desvíos para no pasar por el centro de los pueblos del recorrido.

La carretera de Huelva, que tenía tramos sin asfaltar, es nueva y permite llegar en coche a la capital en menos de una hora. También hay autobús diario.

La casa del médico ya no existe. Ahora hay un ambulatorio con dos médicos, dos enfermeras y un servicio de ambulancias. Los taxistas se quejan de que les han quitado negocio, pero claro, no siempre llueve a gusto de todos.

El hospital comarcal está en Riotinto hasta que acaben el de Aracena, que estará a poco más de media hora. Eso permite que muchos enfermos lleguen con vida a un centro hospitalario. Y a los que mueren se les vela en la casa de duelos y no en el dormitorio conyugal.

Las tiendas de mi infancia siguen siendo bazares (por la variedad de productos que ofrecen) pero se han convertido en grandes superficies comerciales con autoservicio que desembocan en amables cajeras que te cobran en español, en portugués o en rumano. Las trastiendas habitables de antaño son ahora almacenes o pequeñas fábricas de elaboración de productos de cerdo ibérico.

Los bares siguen siendo lugares concurridos pero ya no huelen a aguardiente sino a “serranitos”.

Aunque los hombres mayores siguen frecuentando las esquinas y las mujeres el rosario, hay un centro de la tercera edad donde reunirse cuando la lluvia o el frío hace estragos en las calles. Y una biblioteca pública, y un centro cultural, un teatro, un campo de fútbol con césped artificial, una piscina y un centro de día para los enfermos de Alzheimer. Y Guadalinfo, un local con banda ancha y una docena de ordenadores donde enseñan a los mayores las nuevas tecnologías y a donde acuden los más jóvenes a conocer el mundo en red.

Los que no habían salido jamás de sus casas ni conocían la palabra vacaciones se recorren la península y las islas del brazo del Imserso, se alojan en complejos vacacionales de la Junta y se curan sus males en balnearios donde nunca habían soñado llegar.

Cada vez que vuelvo a casa me cuesta trabajo reconocer a la gente que dejé siendo unos niños. A veces reconozco a algunos jóvenes porque son la viva imagen de sus padres y parece que el tiempo se hubiera detenido. Pero no. Entonces mi madre me pone al día: “Ésta es ingeniera, éste otro abogado, aquella es jueza. El hijo de fulanita está haciendo un máster en Estados Unidos, la sobrina de menganita vive en Italia porque se fue de Erasmus y no volvió”.

¿Aún necesitan que les responda por qué muchos andaluces permanecen fieles al partido socialista?

Porque les ha cambiado la vida pero no la memoria. Y porque treinta años y un día no ha sido ninguna condena, sino una bendición.

Y sin embargo, a veces echo de menos aquella Andalucía con olor a bacalao y a aguardiente….

Será por la edad.

sábado, 10 de marzo de 2012

Orgullo andaluz


La noche antes de marcharme definitivamente lejos de Andalucía subida en un autobús pirata al que llamábamos "el catalán", mi padre me dio uno de los pocos consejos de su vida: "Siéntete orgullosa de ser andaluza". Ese fue un eslogan de los años de la Transición. Del referéndum de autonomía, cuando se nos decía que seríamos más andaluces por el artículo 151 que por el 143.
Lo que mi padre quería decirme era que no volviera de Barcelona siendo una "Montse" cualquiera, de esas que perdían el acento y la memoria en las revueltas de Despeñaperros, y que no se me ocurriera traerle a casa a ningún "Jordi" culé, para más señas. Eso era básicamente para él "sentirse orgulloso de ser andaluz". Eso y sentir devoción por el Betis, el flamenco y la Blanca Paloma.
Ahora, casi treinta años después, algunas veces me pregunto si no he sido una traidora.
Lo confieso, lo que más me gusta del Betis es la historia que guarda su ribera; el flamenco, si es muy puro, me mata de sobredosis y a la Blanca Paloma no tengo el gusto de conocerla. Es que Pentecostés cae en una fecha muy mala. Encima, mi aspecto difiere tanto del tópico andaluz que cuando mi madre me ponía el traje de gitana parecía que iba disfrazada.
Con esos antecedentes, mi padre tenía razón al expresar sus recelos. Cómo podía yo sentirme orgullosa de ser andaluza si nunca nadie me habló de Blas Infante, ni de los reinos de taifas, ni del Condado de Niebla. Si apenas sabía ubicar Tartessos a pesar de vivir sobre sus ruinas y si del reino de Granada solo conocía la historia de un rey moro que perdió las llaves y su madre le dijo que lo tenía merecido por maricón. Dónde iba yo dándomelas de andaluza si era devota del Mío Cid y en cambio renegaba de Abderramán que era tan andaluz como yo.
Cómo iba a presumir de andalucismo si de mi tierra solo conocía un par de ríos, dos cordilleras y ocho provincias.
Pero aprendí. En el lugar a donde yo llegué me enseñaron a ver el bosque desde lejos y a amar cada centímetro cuadrado de la tierra que cultivaron mis antepasados mucho antes de que el emperador Adriano fuera dueño del mundo. Allí me di cuenta de que Andalucía se merecía mucho más que amor. Se merecía conocimiento y respeto. Por eso, al mismo tiempo que aprendía otra geografía y otra lengua, crecía mi "orgullo de ser andaluza" y me hacía una experta en reconocer en qué orilla del Guadalquivir había aprendido a hablar mi interlocutor. Y lloré cuando me descubrí oculta tras las palabras de Salvador Távora: "Andalucía es un país que limita al norte con Castilla la Mancha y Extremadura..."
Después de todo, el consejo de mi padre surtió efecto. Los amores nunca son excluyentes por más que se empeñen algunos politiquillos y periodicastros de "todo a cien" en crear enfrentamientos barriobajeros. Ya no me ofenden los insultos premeditados ni los tópicos de aluvión.
Hoy sé quién soy, quién fui y quién quiero ser.
Lástima que no me dejen decirlo el próximo 25 de marzo.