viernes, 7 de septiembre de 2018

Memorias de viernes santos

14/04/2017 - 
Mi semana santa sabe a bollos dormidos, a torrijas calentitas y a las perrunillas de mi madre. Mi semana santa huele a incienso, a sudor de costal, a cera y azahar. Suena a marchas procesionales, a racheo de alpargatas recalentadas, a gritos de ¡ánimo valiente! y ¡al cielo con ella! Pero también a un silencio profundo que a veces perfora los tímpanos con más intensidad que la algarabía callejera.
He aquí una de las paradojas de mi vida, porque una, que no frecuenta altares más que por compromiso ni ha heredado la devoción iconoclasta de la familia, se declara muy fan de estas fiestas de primavera cuando las ciudades se transforman en un inmenso escenario al aire libre donde cada año se representa la misma obra aunque siempre distinta. Lo siento. No encuentro una explicación coherente para semejante contrasentido. Esta extravagancia en mi doctrina vital no reside en el fervor religioso sino en la belleza que alimenta todos los sentidos. 
Yo no nací con esta pasión desde chica. Incluso puedo rememorar cuándo se originó el prodigio. Fue una madrugada de viernes santo. Sentada en el bordillo de una acera a las puertas de un convento de clausura, no sé cuál. Tenía 18 años, un minúsculo piso en Sevilla y una amiga de visita. Aún no había estallado la burbuja semanasantera. Una luna inmensa caía a plomo sobre la plaza iluminando el cortejo procesional. Los naranjos en flor y el rastro del incienso envolvían la noche sin viento. Por una de las esquinas de la plaza se dibujó la silueta de un Cristo que cargaba una cruz de madera. Primero fue solo una sombra en la pared pero la calle bullanguera enmudeció. Cuando el paso giró noventa grados en una revuelta lenta e imposible, apareció la imagen de un Nazareno alto, encorvado bajo el peso de la cruz, con la muerte reflejada en su piel de madera tallada. Le miré a la cara. El rostro, ennegrecido por el tiempo y el humo de los cirios, era la viva imagen de un dolor pacífico y resignado que debió tomar prestado Juan de Mesa, allá por el siglo XVII, de algún moribundo sevillano en los que solía inspirarse para plasmar los instantes previos a la muerte. Le miré, y mientras lo hacía, desde detrás de las rejas del convento surgió una voz de mujer, cristalina, casi transparente, que le rezaba cantando. Fue tanta la belleza del instante que a veces me pregunto si no lo habré soñado. 
La Semana Santa está llena de momentos íntimos, de pequeñas historias que nos atan a lugares y los convierten en fotos fijas de nuestra memoria sentimental. Años después, otro Gran Poder me robó el corazón en Alicante. Fue un miércoles santo en la calle del Pozo. Huyendo de las carreras oficiales. En una esquina, la luna que reposaba sobre el castillo de Santa Bárbara se dejó caer sobre el paso que avanzaba en silencio. Fue apenas un relámpago mágico pero se te pega a la piel como salitre. Para gozar del espectáculo imaginero que nos ofrece esta conmemoración religiosa hay que recluirse en espacios pequeños. En calles estrechas del casco antiguo donde tienes que pegarte a la pared para dejar que transcurra el cortejo, formando parte de él. Observar de cerca las tallas, oler la madera de los pasos, escuchar su crujido acompasado, el tintineo de las borlas de un palio, el golpeo simétrico de los bastones del Cristo de la Buena Muerte, la letanía de las oraciones de los penitentes...
La última vez que me sorprendí rezando, como un reflejo instintivo, estaba viendo la procesión del Perdón en la calle Labradores. Fue por Gabriel García Márquez. Como Úrsula Iguarán, él también murió un jueves santo. 
@layoyoba

Tiempos de carmín

7/04/2017 - 
Uno de los sectores que mejor ha resistido la crisis ha sido el de las peluquerías y centros de belleza. En mi barrio han aparecido como champiñones. Una peluquería, una frutería, una cafetería, y vuelta a empezar. Son los negocios de moda. Han sustituido en las calles a las sucursales bancarias y las inmobiliarias que fueron las reinas del mambo en otros tiempos de vino y rosas. Cuando nos soñamos ricos. Los recortes generalizados se han dejado sentir en las economías familiares pero no hasta el punto de que se nos note en la cara. Dientes, dientes, que diría la Pantoja. En el crack de 1929 se produjo una situación similar, así que no debe de tratarse de un fenómeno anecdótico sino coyuntural. Los economistas americanos llamaron a esta paradoja social el Lisptick Index, una teoría que dice que a mayor recesión, más consumo de lápices labiales. Cuanto más rojo el carmín, más profunda es la crisis. Son lujos asequibles que no descalabran ningún bolsillo y sirven de parapeto emocional contra la desolación que nos produce sentirnos, además de pobres, feas.
Uno de mis refugios preferidos para rebajar el punto de ebullición de la mala leche es la peluquería. Un pequeño paraíso cercano, relativamente barato y confortable. Llegas, te sumerges en el lavadero de cabezas, te ponen música, te masajean el cuero cabelludo, luego te arrullan con una cálida y armoniosa sinfonía de secadores de pelo y desconectas del mundo un buen rato por un módico precio. Entre la variada clientela abundan las señoras entradas en años que conservan su querencia al “lavado y marcado” semanal y las rubias artificiales de cualquier edad que necesitan pasar su “itv” capilar o renovarse del todo para no aburrirse de sí mismas. Algunas veces también se ven hombres que hacen incursiones fugaces en territorio comanche. Las parroquianas que frecuentan las peluquerías de barrio son extremadamente habilidosas en dialogar con desparpajo a través de los espejos. Al otro lado de la realidad, las peluqueras, mitad estilistas mitad confidentes, ofrecen una escucha activa mientras practican el viejo oficio de Melquíades, vendiendo fórmulas mágicas para detener el paso del tiempo: champús nutritivos, ampollas reequilibrantes, lociones anticaída, leches de albaricoque… Si no fuera porque todas dominan ese argot, se podría pensar que la conversación ha subido de tono. 
En el servicio más básico te dan de beber, de comer, de conversar y de leer sin que suba la tarifa. Lecturas relajantes donde te ponen al día de amores y desamores, menús hipocalóricos para todos los presupuestos y colecciones de moda para quedar bien en cualquier ocasión. Las llamadas peluquerías unisex han ampliado el revistero con periódicos locales, deportivos o publicaciones de motor. Los micromachismos también van a la peluquería. Desde que hombres y mujeres compartimos trastiendas del cuidado personal y secretos de belleza, puedo leer el Marca mientras me embadurnan de potingues. Lo malo es cuando algún antiguo novio te reconoce debajo de una maraña de papel de aluminio anidada en tu cabeza. Un desastre titánico que costará reflotar. Y llegados a este punto, si ustedes me han leído hasta aquí, quizá se pregunten por qué les cuento historias de peluquerías cuando podría hablar de otros asuntos más relevantes. De luchas barriobajeras en partidos en vías autodestrucción, de arengas cuarteleras para defender paraísos fiscales construidos sobre un pedrusco o de las cocacolas que consume cierto senador de Podemos. Vamos, de lo que se habla en las plazas mediáticas. Pues ya se lo he dicho, ¿no se acuerdan?, porque cuando me hierve la mala leche, me pinto los labios y busco refugio. @layoyoba

El día que nació el Campo de los Almendros


31/03/2017 - 
La vida de las personas, de los pueblos, se construye sobre un armazón de fechas  y lugares que sirven para situarnos en coordenadas espacio-temporales. Es un mecanismo más o menos rápido para ser localizados y archivados en ese timelapse que llamamos Historia. El día que nacemos y que morimos queda registrado como la prueba más palpable de que hemos existido, más allá de los recuerdos que sucumben al paso del tiempo hasta convertirse en memoria amarillenta o leyendas populares donde realidad y ficción juegan al corro. Esa es una de las razones por la que tantas personas siguen buscando a sus familiares por las cunetas de España, para dejar constancia de que las personas que amaron no serán, en un años, cuentos de Calleja, producto de la chochez de los abuelos.
Las ciudades también tienen historia, lugares y fechas para recordar, aunque durante largos años hayan permanecido en el más riguroso olvido oficial. Hoy es 31 de marzo. Quizá este día no signifique nada para muchos de ustedes, un día de primavera como otro cualquiera, pero Alicante debería haber marcado hace tiempo esta fecha en su almanaque como el Día de la Ignominia. El 31 de marzo de 1939 nació el Campo de los Almendros. Un improvisado campo de concentración, tan efímero que apenas aparece en los libros de texto, en el que miles de hombres y mujeres perdieron su vida, su libertad y sus esperanzas cansados de mirar al mar en el puerto de Alicante. Es nuestra Semana Trágica.
El 28 de marzo, cuando zarpó el el carguero británico Stanbrook con una valíosa mercancía humana de más de 3.000 personas rumbo a Orán, aún quedaban en el puerto casi 20.000 más esperando otros capitanes intrépidos que nunca llegaron. Max Aub, en Campo de los almendros, calificaba esta ratonera para republicanos en que se convirtió el puerto alicantino como “ uno de los episodios más tristes de la Guerra Civil española”.
Sí, el mismo Aub que murió en el exilio y cuyo nombre querían retirar de una sala teatral del Matadero de Madrid algunos enfebrecidos defensores de la Memoria Histórica que no tienen memoria ni cultura. Sí, ese mismo Campo de los Almendros donde hoy se alza un centro comercial como símbolo de la desmemoria de una  ciudad que no ha sabido honrar ni a su historia ni a sus muertos. 
El 30 de marzo, con la entrada en la ciudad de la división fascista italiana Littorio (cuya hazaña se homenajea aún en el callejero de Carolinas Bajas) el suicidio o la rendición fueron las dos únicas cartas en juego para los que ya se sabían perdedores por mucho tiempo. Los que optaron por la primera, muchos, desaparecieron en el olvido que cubre a las víctimas colaterales. Los que optaron por la segunda, protagonizaron un cortejo infame por la Cantera hacia un  secarral sembrado de almendros y alambres de espinos. No se sabe exactamente cuántos eran, cuántos murieron por el camino ametrallados desde el castillo, cuántos de hambre, cuántos de pena. Seis días, siete. En poco más de una semana, los supervivientes fueron trasaldados en masa al campo de concentración de Albatera o otros destinos carcelarios bajo techo y el Campo de los Almendros volvió a ser un bonito nombre sin memoria. Hasta que la Comisión Cívica de Alicante por la Recuperación de la Memoria Histórica consiguió rescatar del olvido un lugar que nunca debió haber existido. La exhumación de los restos de nuestra historia sepultada nos devuelve la identidad como pueblo. Con todas nuestras miserias. Porque para contemplar el horror de cerca y mirar cara a cara a la Bestia no hace falta viajar a Auschwitz. Hay una parada en La Goteta. 
@layoyoba

Atrapada en la Red


24/03/2017 - 
Como una mosca atrapada en una tupida tela de araña. Eso tengo ganas de escribir cada vez que el Facebook me pregunta cuál es mi estado. Si me ausento durante largo tiempo se alarma como un amante celoso y me invita a salir a escena. Siempre está pendiente. El otro día me avisó, por si acaso lo había olvidado, que estaba jugando el Barça y me dijo cómo iba el resultado. También me chiva las páginas comerciales que visitan mis amigos y me informa de ofertas de productos la mar de apasionantes por los que alguna vez me interesé. Un estetoscopio, por ejemplo, un maletín de primeros auxilios o un curso de oratoria. 
A veces pienso si detrás no estará mi madre porque me recuerda puntualmente los cumpleaños de personas que conozco y lo hace con la suficiente antelación para que me dé tiempo a comprarles algo. Ahora no me valen las excusas memorísticas. Me estoy empezando a mosquear. Detesto dejar tantas babas en el ciberespacio. Supongo que ese es el precio de todo el volumen de datos que me suministran las redes sociales de manera altruista. Ja. Nadie da duros a cuatro pesetas. La información se paga y yo la abono religiosamente en módicas cuotas de control externo y pérdida de intimidad.
El caso es que ya no fío de nada ni de nadie. Ni de mi smart-tv, que se apaga si dejo de zapear un largo rato y se toma la libertad de grabarme programas por su cuenta y riesgo. Tan inteligente no será, digo yo. Luego me entero que la CIA y cualquier friki cibernético tienen la capacidad de espiarme (otra cosa es saber para qué) hackeando mi ordenador aunque esté apagado y colándose en el salón de mi casa a través de la pantalla de ese televisor supuestamente inteligente que tiene vida propia. Y el teléfono móvil, otro que tal baila. Llama a quien le da la gana sin mi permiso y últimamente encuentro llamadas a un número desconocido de Venezuela. Igual me está tendiendo una trampa para acusarme de bolivariana y cualquier día de estos aparezco en los titulares de algún diario digital abonado a las conspiraciones podemitas. Lo he dejado por imposible. Al menos hasta que alguien descuelgue al otro lado del océano y me cobren la llamada. Mi relación con el continente americano es bastante fluida, no se crean. Hace poco me clonaron la tarjeta de crédito y alguien se compró un televisor a mi costa en Lima. El seguro se hizo cargo de los gastos pero el disgusto y el trasiego entre la comisaría y la sucursal bancaria no te lo quita nadie.
Dominique Wolton, el prestigioso sociólogo de la Comunicación, tiene más razón que un santo cuando nos alerta sobre los peligros del exceso de información que nos aísla cada vez más en una sociedad hiperconectada. Mis “amigos” están ahí afuera y apenas les pongo rostro. Son los únicos que me envían cartas postales y regalos por mi cumpleaños: El Corte Inglés, Ive Rocher o Punt Roma. No fallan. Siempre los mismos horrorosos pañuelos de cuello, muestras de cosméticos de la señoritapepis o vales descuento que caducan olvidados en cualquier cajón. Yo es que no soy mucho de tirar, fíjate. Y otro frente abierto es el frigorífico, que se pone a pitar por las noches como un descosido. No sé por qué chilla. La nevera es analógica, así que el día que me encuentre un posit en la puerta diciéndome que me he quedado sin huevos, le pego una patada a la telaraña tecnológica y me voy con la música a otra parte. Eso si me deja Spotify, que también se atreve a confeccionarme listas de canciones favoritas. El otro día me recomendó una de Rocío Jurado. Cómo me conoces, bribón. @layoyoba

El síndrome de Tom Wolfe


17/03/2017 - 
Cuando los periodistas nos convertimos en protagonistas de las noticias, mal asunto. Cuando los entrevistadores se relamen en los platós para brillar con más intensidad que sus entrevistados, convertidos en estrellas enanas, mal asunto. Cuando las tertulias vocingleras en las que todos saben planchar huevos y freír corbatas dictan sentencias sobre a quién colgar en la plaza pública, échense a temblar. No es el periodismo el que está en crisis, es el mal uso que hacemos de él los periodistas. Desde que Émile Zola desenmascarara el complot político-militar-judicial contra el capitán Dreyfus en la Francia de finales del siglo XIX con su célebre artículo “J’accuse”, el periodismo comenzó su ascensión a la categoría de Cuarto Poder. Pero no todos sabemos llevar esa gorra que nos empodera. Algunos la usan para revestirse de capitán general y otros solo para defenderse de las balas. La diferencia estriba en saber guardar la distancia de seguridad con el poder establecido o creerse “uno de ellos”. Cuando se produce esa asimilación entre el periodismo de barras y estrellas y la política de salón, “el oficio más bello del mundo” en el que creían García Márquez y Albert Camus, se vuelve ponzoñoso y envenena a quien lo prueba. Esa conducta arrogante y soberbia “porque yo lo valgo” que practica una parte de la élite periodística en nuestro país, se conoce como síndrome de Tom Wolfe. Es una enfermedad degenerativa que padecen por igual Victoria Prego, Juan Luis Cebrián, Pedrojota Ramírez o Eduardo Inda (sospecho que este último se ha inoculado él mismo el veneno) aunque ellos no la perciban. Siguen viviendo de rentas. De cuando el oficio de periodista ocupaba los primeros puestos entre las profesiones más valoradas por los españoles, ¿recuerdan?. Un prestigio profesional heredado de Bernstein y Woodward, que hicieron caer a Nixon tras el Watergate, de Nick Ut que contribuyó a poner fin a la Guerra de Vietnan con la publicación de una fotografía, “La niña del napalm”, que entró en la historia por la puerta del terror. La tierra estaba otoñada para que brotara un periodismo patrio aletargado durante los largos años de la Dictadura. Un oficio a la altura de Larra y de Azorín. Y lo hicieron. El 23-F fue su bautismo de fuego. Las facultades de Periodismo se llenaron de jóvenes atraídos por el glamour de una profesión que se vanagloriaba de poder cambiar el mundo a golpe de rotativa, de micrófono o de cámara de televisión. Los poderosos nos sentaron a su mesa, nos adularon, nos colonizaron, nos echaron a volar con precarias alas de cera. Desde las alturas apenas se distingue cuando el rey está desnudo. Se lo contaba el otro día Juan José Millás a los estudiantes de Periodismo de la UMH, que lo único que puede salvarlos es atreverse a contar lo que nadie dice, cultivar el lenguaje que nos da de comer cada día y hablar con una voz propia. La vida no cabe en 140 caracteres ni falta que hace. No culpemos a la tecnología del reduccionismo mental ni de la banalidad informativa. El buen periodismo necesita perspectiva, emoción, rebeldía, interpretación, ingenio, tiempo y dominio del lenguaje, sea el que sea. El resto solo son datos que cualquier máquina puede procesar más rápido y más barato. En apenas un cuarto de siglo el oficio de periodista ha pasado de los altares a las cloacas sin que los prebostes que se sientan a la derecha del padre hayan realizado un examen de conciencia. Quizá haya llegado el momento de desempolvar a Zola en los telediarios. 

El Barça revienta el 8 de marzo


10/03/2017 - 
La Seguridad Social debería recetar partidos como el del Barça contra el PSG. Ni ibuprofenos ni paracetamoles ni viagras que valgan. Un buen chute a puerta en el minuto 95, ung olazo en el último segundo y se descongestionan todas las arterias y los músculos del cuerpo. Palabrita del niñojesús.
Yo llegué a casa reventada después de un 8 de marzo como hacía años que no se festejaba. Sin tiempo para llegar a la mani de Alicante. Con el móvil muerto desde mediodía y sin posibilidad de quedar con amigas para desfogarme gritando a los cuatro vientos que nos queremos vivas. El cielo también se había vestido de color violáceo. Despatarrada frente al televisor, los informativos abren con multitudinarias marchas feministas por toda España. Dingdong. Son mis vecinos que suben a ver el partido. A sufrir juntos mientras nos aliviamos con un par de cervezas. La misma sensación de las noches electorales en que nos reunimos para ver cómo vuelve a ganar el PP irremediablemente. Elchoyero esta noche no se deja ver. “Prueba con rojadirecta, que parece que vuelve a emitir”. 
Nada, la tecnología se ha confabulado en nuestra contra. Trasteando conseguimos enterarnos que el Barça va ganando por 1-0 y casi estamos al final del primer tiempo. Optamos por la radio. Primero la SER, 3-0, ¡joder nos hemos perdido dos goles más enrededados en internet. Cae otra cerveza, no todo está perdido, mientras buscamos en la televisión la página de Catalunya Ràdio. Escuchar los partidos del Barça en catalán es otra dimensión futbolística para los culés. 
Por fin. La voz apagada del locutor presagia lo peor. Cavani acaba de volar el partido poniendo un 3-1 en el marcador. Hemos perdido la fe así que meto la pizza en el horno para recomponer el nudo del estómago. Como no hay pantalla que mirar, me zambullo en twitter que está muy movidita. À. (A punt) será el nombre de la nueva RTVV y hay descojone general en la red. Apuntpuntcom se llamará el web. Como el achilipún apún apún de Dolores Vargas la Terremoto. El tono mortecino del locutor, en un segundo plano, aletarga la velada a la espera de que un esprint en la locución nos ponga las orejas de punta. 
La conversación se desvía por otros derroteros. Mira qué encontré el otro día en facebook, le cuento a mi amiga. “ A todas las chicas que he conocido ciega en baños de discoteca, espero que estéis bien. Os echo de menos”, y de pronto el salón se llena de pintalabios compartidos, de rayas de más en espejos de bolsillo, de tampax prestados y de besos perdidos que aterrizan en tu boca. Ellos nos miran ojipláticos, como si de pronto la comunicación se hubiera encriptado en un código intrínsecamente femenino. El locutor dice que se marea poco antes de reventar el micrófono con el cuarto gol de Neymar. Minuto 88. 
El Camp Nou se cuela en casa de nuevo. Si marcamos uno más forzamos la prórroga, me animaba yo sola desde mi más tierna ignorancia. Pero no hay posibilidad de empate. Hay que marcar dos goles en tiempo de descuento.  La radio se desgañita. Penalty. Neymar. 5-1. Ostras, que se quema la pizza. No se entiende nada. Al locutor le va a dar algo. A nosotros también. Neymar, Sergi Roberto...goooooool!!! 6-1. El delirio. Mis amigos se revuelcan abrazados en el sofá. ¿Pero el partido ha acabado? Es un extraño lapsus de tiempo donde el silbato del árbitro ha perdido toda autoridad. En las redes, Oriol Jonqueras barriendo para casa: “Qui persevera en l'esforç fa que tot sigui possible!”. Pues va a ser que sí. Lástima. Las manifestaciones del 8 de marzo quedarán eclipsadas por una gesta futbolística, pero a mí se me ha descontracturado el cuello. ¿Otra cervecita? Sí, pero ahora en El Chiringuito

viernes, 19 de enero de 2018

La tortura que mece la cama

El día que me dijo que ya no servía ni para follar se lo agradecí. De noche le oía jadear al otro lado de la almohada mientras mecía la cama. Me había sustituido por una paja y se lo agradecí. Era más fácil lavar manchas amarillas en las sábanas que la mugre que dejaba en mis entrañas.  Cuando dejó de menearme la cama le agradecí que parara esa tortura nocturna con la que me violaba sin siquiera rozarme. Qué alivio que hubiera encontrado a otra a quien ensuciarle las sábanas. Pero las manchas volvieron.
En el pijama de la niña.