martes, 27 de junio de 2017

Dile a tu padre que le quieres


Eras rubio, mocoso y guaperas, un aprendiz de canalla desde la más tierna infancia. Pequeño furtivo de alacenas caseras, de esos que hacen incursiones nocturnas en la orza de los pestiños y luego niegan la fechoría con la boca embadurnada de miel y matalahúva. Un día como hoy no puedo dejar de mirarte en la fotografía amarillenta que desempolvé de un antiguo álbum familiar. A veces, a una le da por pensar cosas extravagantes en los momentos más inoportunos. Como que el tañir de las campanas que redoblaban por tí lo hacían por martinetes y que ese cante de flamenco antiguo  era tu último lamento desde lo alto del campanario. Te habría gustado. Pero tu legado genético, el que veo en el espejo todas las mañanas, no tuvo a bien impregnarme las cuerdas vocales. Lástima haber heredado tu piel, tus ojos, tus manos pero no tu garganta portentosa.
Pasaste de robar pestiños a robar corazones a lomos de un caballo. Te enseñó tu padre, un castellano viejo que desertó de su destino de chocolatero en la Zamora más profunda para vender mantas a dita por la Baja Andalucía. Palabras, las justas. Un silbido doble para llamarnos a la mesa y una mirada larga para todo lo demás. “Ya eres mujer, ahora tienes que ayudar a tu madre en la casa”, dijiste aquella tarde de septiembre en la que sentenciaste mi infancia. “Siéntete orgullosa de ser andaluza”, fue tu despedida el día que me marché en busca del futuro a bordo de un autocar destartalado al que apodaban “el catalán”. Palabras, las justas. Yo era experta en interpretar tus silencios. Sabía que me querías aunque nunca lo dijeras, aunque no compartiera tus gustos culinarios por las cabezas de cordero al horno, ni por las habas enzapatadas al estilo portugués. Eso sí, las brevas peladas y ribeteadas de leche condensada que ponías en enfriar en la nevera las siestas de verano eran mi perdición. Nadie se atrevía a tocarlas sin tu permiso excepto yo, que me las zampaba sin reparo a sabiendas de que para ti sería un honor que acabaran en mi estómago.
Poco importaba tu falta de pericia con las palabras cuando me trajiste mi primera máquina de escribir desde  Alemania. Que no tuviera regalos de cumpleaños si luego me alegrabas el día con un ramo de espigas de trigo que soportan bien el paso del tiempo. Puede que no cumplieras ni uno de los requisitos de los manuales de cómo ser un buen padre. Yo tampoco he sido un hija de manual. No te complací en casi nada. No aprendí a cantar, ni a montar a caballo, ni voté nunca a tu partido. Y encima, el andalucismo que tu me reclamabas lo moldeé en otra tierra y con otra lengua. Pero algo debiste hacer bien para que tu recuerdo, como canta Serrat, sea cada día más dulce. Ahora ya puedo escuchar fandangos sin que se me haga un nudo en la garganta, pero durante años el flamenco ha sido un látigo sonoro que me dejaba tu memoria en carne viva.
Hoy podría haber hablado en esta columna de muchas cosas. La actualidad está que revienta por los cuatro costados. Sin embargo, una punzada íntima me ha recordado que hoy es 3 de marzo. Y he vuelto a escuchar la letanía del martinete. http://alicanteplaza.es/dile-a-tu-padre-que-le-quieres

Atrapada en la Red



Como una mosca atrapada en una tupida tela de araña.
Eso tengo ganas de escribir cada vez que el Facebook me pregunta cuál es mi estado. Si me ausento durante largo tiempo se preocupa por mi como un amante celoso y me invita a interactuar con mis amigos virtuales. Siempre está pendiente. El otro día me avisó, por si acaso lo había olvidado, que estaba jugando el Barça y me informó de cómo iba el resultado. También me chiva las páginas comerciales que visitan mis amigos y me informa de ofertas de productos la mar de apasionantes por los que alguna vez me interesé. Un estetoscopio, por ejemplo, un maletín de primeros auxilios o un curso de oratoria. A veces pienso si detrás no estará mi madre porque me recuerda puntualmente los cumpleaños de personas que conozco y lo hace con la suficiente antelación para que me dé tiempo a comprarles algo. Ahora no me valen las excusas memorísticas. Me estoy empezando a mosquear. Detesto dejar tantos rastros en el ciberespacio. Supongo que ese es el precio de todo el volumen de datos que me suministran las redes sociales de manera altruista. Jaja. Nadie da duros a cuatro pesetas. La información se paga y yo la abono religiosamente en módicas cuotas de control externo y pérdida de intimidad.
El caso es que ya no fío de nadie. Ni de mi televisor smart que se apaga si dejo de zapear un largo rato y se toma la libertad de grabarme programas por su cuenta y riesgo. Tan inteligente no será, digo yo. Luego me entero que la CIA tiene la capacidad de espiarme (otra cosa es saber para qué) hackeando mi ordenador aunque esté apagado y colándose en el salón de mi casa a través de la pantalla de ese televisor supuestamente inteligente que tiene vida propia. Y el teléfono móvil, otro que tal baila. Llama a quien le da la gana sin mi permiso y últimamente encuentro llamadas a un número desconocido de Venezuela. Igual me está tendiendo una trampa para acusarme de bolivariana y cualquier día de estos aparezco en los titulares de algún diario digital abonado a las conspiraciones podemitas. Lo he dejado por imposible. Al menos hasta que alguien descuelgue al otro lado del océano y me cobren la llamada. Mi relación con el continente americano es bastante fluida, no se crean. Hace poco me clonaron la tarjeta de crédito y alguien se compró un televisor a mi costa en Lima. El seguro se hizo cargo de los gastos pero el disgusto y el trasiego entre la comisaría y la sucursal bancaria no te lo quita nadie.
Dominique Wolton, el prestigioso sociólogo de la Comunicación, tiene más razón que un santo cuando nos alerta sobre los peligros del exceso de información que nos aísla cada vez más en una sociedad hiperconectada. Mis “amigos” están ahí afuera y apenas les pongo rostro. Son los únicos que me envían cartas postales y regalos por mi cumpleaños: El Corte Inglés, Ive Rocher o Punt Roma. No fallan. Siempre los mismos horrorosos pañuelos de cuello, muestras de cosméticos de la señoritapepis o vales descuento que caducan olvidados en cualquier cajón. Yo es que no soy mucho de tirar, fíjate. Y otro frente abierto es el frigorífico, que se pone a pitar por las noches como un descosido. No sé por qué. Este es analógico, así que el día que me encuentre un posit en la puerta diciéndome que me he quedado sin huevos, le pego una patada a la telaraña tecnológica y me voy con la música a otra parte. Eso si me deja Spotify, que también se atreve a confeccionarme listas de canciones favoritas. El otro día me recomendó una de Rocío Jurado.
Cómo me conoces, bribón. http://alicanteplaza.es/AtrapadaenlaRed

Madrid quiere una playa


Ya me voy haciendo a la idea. Una mañana de estas despertaré sin playa. La historia siempre la moldea el poder atendiendo a sus propios intereses. No estoy descubriendo nada. Pero distorsionar la geografía no es tan sencillo como borrar enemigos de las fotografías o poner a sueldo a escribas sin escrúpulos. Reconfigurar los mapas requiere un ejercicio titánico de ingeniería civil que suele compensar política, económica o militarmente unas inversiones costosas y dilatadas en el tiempo. Obras humanas que conectan mares, desvían ríos, unen islas a continentes, amplían países artificialmente o crean oasis en desiertos. Pónganles nombre si quieren. Pero tras cada remodelación geográfica siempre han existido razones económicas. Siempre, hasta que nos topamos con el Corredor Mediterráneo y la ingeniería política del gobierno  de España, que prioriza el Corredor Central vía Madrid desviando fondos de uno a otro con total impunidad.
Hasta una negada en matemáticas como yo entiende este error de cálculo. Si la inversión pendiente en el Corredor Mediterráneo es de unos 3.500 millones de euros –ministro De la Serna dixit- y la sola construcción de un túnel bajo los Pirineos, imprescibible para el Corredor Central, es de 6.000 millones, parece obvio cuál debería ser la prioridad. Claro que eso sería aplicar la lógica comercial en un país que se ha caracterizado por exportar ovejas en vez de vender lana. Así, me da por pensar que el trazado de un corredor que une Algeciras con Francia a través del centro de la península no obedece a los consabidos argumentos de rentabilidad económica y social sino que amaga otras oscuras intenciones.  Maestros en la manipulación lingüística, son capaces de considerar Corredor Mediterráneo a una línea férrea donde el mar solo aparece en el extremo sur. Y de paso, por obra y gracia de ese malabarismo semántico, ya llevamos la playa al rompeolas de todas las españas.
Porque, a ver quién me asegura a mí que no se hayan iniciado ya de extranjis los trámites para desplazar el Mediterráneo meseta adentro. Por lo menos hasta Ciudad Real, donde se proyecta construir la mayor terminal de contenedores marítimos de Europa. Con un puerto en este secarral manchego, a la Gran Vía madrileña le falta un cuarto de hora para convertirse en un paseo marítimo. La Puerta del Sol ya es el kilómetro cero de la red viaria española, una convención política que denota una construcción centralista de país, pero la cota cero sobre el nivel del mar todavía está en Alicante. No sabemos hasta cuándo.
Sin embargo, miremos la parte positiva. Si el Manzanares desembocara directamente en el Mediterráneo, Costas se apresuraría en arreglar los desperfectos causados por los temporales,  los estibadores se las verían con un oso y un madroño y hasta se reactivaría el mercado inmobiliario con una nueva fachada litoral por explotar. ¿Alguien se apunta a reinterpretar La balsa de piedra de Saramago? Si dejamos que el mar penetre podríamos convertirnos en una isla alargada con Portbou en el extremo norte y Roquetas en el extremo sur. Nos desplazamos mar adentro hasta el golfo de León e invitamos a Baleares a acompañarnos en esta aventura naútica o coña marinera, vaya usted a saber. Y encima resolvemos de un plumazo la batalla independentista de Cataluña. Hala, a fer la mar!!!
Fíjate que a esta ingeniería política-civil de llevar el Corredor Mediterráneo hasta el mismísimo centro de la península empiezo a verle las ventajas. http://alicanteplaza.es/Madridquiereunaplaya

La sirena que embaucó a Echávarri


Es un fake. Eso pensé la primera vez que leí en las redes sociales la propuesta de construir un túnel submarino entre la zona de la Volvo y Panoramis, en Alicante, para desviar el tráfico rodado del paseo Conde de Vallellano. Es un fake. Lo contrasté con varias fuentes periodísticas hasta convencerme de que el alcalde Echávarri había realizado esas declaraciones públicamente y además en presencia del presidente Puig. Había echado números, treinta millones de euros, pero no había perdido permiso a la Autoridad Porturaria, que es la que tiene que dar el beneplácito a esta aventura submarina ya que los terrenos sumergidos y los de la superficie están bajo su jurisdicción. ¿Qué le pasó? ¿Escuchó cantos de sirenas que hacen perder la cordura a los navegantes? No descarto esa posibilidad teniendo el Mediterráneo en la puerta de casa pero antes de verbalizar esa ocurrencia el alcalde debió recordar que Ulises se hizo atar a un mástil para no sucumbir ante esas quiméricas voces.  Sin embargo, sí que siguió los consejos de Homero para que la tripulación (perdón, quería decir gobierno tripartito) no escuchara los cantos embaucadores. Les tapó los oídos con cera o lo que es lo mismo, no les informó sobre el proyecto. Ignoro si para salvarlos del descojone general o por querer la sirena sólo para él. Vete tú a saber.
Ahora hace tiempo que no oigo sirenas pero reconozco haberlas escuchado. Una vez me hablaron de lo maravilloso que sería una línea urbana de ferrys que uniera Puerto Amor con Agua Amarga para cruzar de un lado a otro de la bahía sin tener que atravesar el centro de la ciudad. Recuerdo que estaba parada en el semáforo de la Albufereta una mañana brillante de invierno. Otros conductores se distraían hurgándose la nariz o repintándose los labios. Yo escuchaba sirenas. Hasta que el semáforo se puso verde y el claxon del coche de detrás rompió el hechizo.
Realmente, Conde de Vallellano ya no es una arteria principal de la ciudad. Para cruzar Alicante no hace falta circular por este paseo paralelo al puerto. Hay otras alternativas más rápidas. Ahí están la Gran Vía o la Vía Parque, aún por terminar y las dos circunvalaciones. Se podría restringir el tráfico sin causar un caos circulatorio, pero a la sirena de marras deben de gustarle los túneles. Los subterráneos y los subacuáticos, porque su melodía es recurrente. Sonia Castedo también la escuchó en su momento. Luego llega la Autoridad, la portuaria, u otras autoridades del Estado y mandan callar. Ya pasó con el difunto Palacio de Congresos en la zona de Sangueta o con el soterramiento de las vías del tren, que permanece en el limbo a la espera de que resurja otra burbuja urbanística que haga rentable esta operación. Rentable para Adif, claro. Llegados a este punto, me asaltan las preguntas. ¿De dónde pensaba el alcalde sacar los dineros para construir el túnel? ¿De la Generalitat, que mantiene paralizado el túnel del Tram en la Serra Grossa por falta de presupuesto? ¿Del Gobierno Central que se resiste a pagar sus deudas históricas y desenfunda las tijeras a la menor insinuación? ¿De la calderilla de las arcas municipales?¿Pensaba acaso cobrar peaje para circular por un túnel panorámico que dejara ver la inmundicia de un fondo portuario?
No tengo respuestas coherentes para tanta pregunta. Quizá lo de Echávarri no sea un ataque de candidez sino que esconde un as en la manga que le respalda en este envite tan atrevido. Pero permítanme que lo dude. En sus declaraciones pronunció también otras palabras mágicas: crear una comisión mixta para estudiar el proyecto. Yuyu. Eso es un eufemismo para ocultar una vía muerta donde van a parar propuestas angelicales o sin financiación, que al fin y al cabo vienen a ser lo mismo. Sin embargo, en una cosa tiene razón el alcalde. Alicante es una “ciudad inacabada”. Pues eso, mejor primero la acabamos. http://alicanteplaza.es/la-sirena-que-embauco-a-echavarri

Entre la Albufereta y el Vinalopó


 “Alicante es una provincia que podría vivir sin capital”. Esta reflexión no es mía, se la he tomado prestada a @cpastor, un estudiante de arquitectura que analiza en su blog Discontinuïtats los distintos planes estratégicos que han tratado de integrar Alicante y Elche en una sola área metropolitana. Desde el famoso “Triángulo” de Alfonso Vergara en los ochenta, hasta el actual PAT Alicante-Elx, se han vertido ríos de tinta que no desembocan en ningún mar. Ninguna de las dos ciudades se apea del burro. Se afanan en competir más que en colaborar. Pero déjenme fantasear con que algún día ambas puedan compartir algo más que el aeropuerto y la institución ferial.
No se deben empezar las casas por el tejado. Tanto o más que planes estratégicos, Alicante y Elche necesitan conocerse para poder amarse. Nunca veinte kilómetros marcaron una distancia tan larga. Apenas media hora de coche separan, que no unen, estas dos grandes ciudades del sur de la Comunitat. Como un yin y un yan autónomos, se aferran en mantener sus diferencias en vez de conformar un círculo armónico y complementario. Una, temerosa de que sus señas de identidad milenarias se diluyan como un azucarillo dentro de un territorio comanche que ha fusilado su historia a golpe de un urbanismo devastador. La otra, atrincherada en su bahía burocrática, ejerciendo con altanería sus privilegios administrativos. Una reina sobre un terreno vasto, fértil, rico en parajes naturales pero echando de menos un mar urbano. La otra, con el Mediterráneo instalado en su callejero, pero sin un trozo de campo donde saltar a la comba. Els senyors de la sabata versus l’aristocràcia del bacallà.
Sus élites políticas, empresariales y culturales se han ignorado con fruición. Como si hablaran idiomas distintos,que a lo mejor también. Escasean los mediadores sociales que faciliten el tránsito amable entre una ciudad y otra, que fomenten las relaciones humanas derribando los muros invisibles que se alzan en ambas orillas de Agua Amarga. Cada una su universidad, sus hospitales, su Cámara de Comercio, su equipo de fútbol, su Corte Inglés y, desde hace unos días, cada una su propia oficina de tráfico. Eso de tener que venir a Alicante para sacarse el carné de conducir irritaba a los ilicitanos pero servía de excusa para callejear por la capital de la provincia, una auténtica desconocida más allá del estrecho círculo que pivota sobre la estación de Renfe. Cuando algún día el AVE llegue también a Elche, se habrá roto el último cordón umbilical entre las dos ciudades que yo amo sin estar loca.
Sin embargo, hay motivos para la esperanza. Las concejalías de cultura de ambas localidades comenzaron el deshielo el año pasado organizando el Festival Abril en Danza Elche- Alicante 2016. No se lo creerán pero esta ha sido la primera colaboración cultural entre ambas ciudades en toda su historia. Un circuito cultural conjunto no vendría nada mal. Y el ayuntamiento de Alicante se ha sumado a la legítima demanda para que la Dama vuelva definitivamente a Elche. Un importante reclamo turístico beneficioso para ambas.
Por si no sobrevivo a esta columna (quién me mandará a mi enarbolar una bandera blanca en la tierra de nadie de una eterna guerra de trincheras), dejénme decirles una cosa. Si se consiguiera una relación igualitaria, un tú a tú sin menosprecios ni duelos económicos que entorpezcan el entendimiento, el eje de rotación del centralismo valenciano bascularía con fuerza hacia el sur, hacia un territorio poderoso en el que vivimos más de medio millón de personas, entre la Albufereta y el Vinalopó. http://alicanteplaza.es/entre-la-albufereta-y-el-vinalopo

El instinto maternal y otros arrumacos


La filósofa feminista Elisabeth Badinter se preguntaba en los años ochenta si el amor maternal existe o es una construcción cultural que sufre los vaivenes de los interes sociales de cada época. Reconozco que su argumentación me dejó perpleja porque puso sobre antes mis ojos cuestiones que nunca antes me había planteado sobre la maternidad. Badinter, igual que lo hiciera años atrás Simone de Beauvoir, sostenía, entre otras cosas, que el instinto maternal es un mito cimentado sobre la asimilación del binomio hembra-mujer. Pero las mujeres, afortunadamente, somos seres más complejos que hembras humanas cuyo objetivo primordial es perpetuar la especie a través de la reproducción y el cuidado de las crías.
La universalización del amor maternal , tal y como lo entendemos en la actualidad, es un fenómeno relativamente moderno. Lo mismo sucede con la entronización de la infancia y si no, conviene que releamos a San Agustín y su argumentación sobre la niñez como prueba manifiesta del pecado original. Durante siglos, el alejamiento físico entre las madres y su prole fue un comportamiento socialmente admitido entre las clases pudientes e imitado por las clases medias urbanas como símbolo de estatus económico. Quien podía se pagaba una nodriza, una nanny o una institutriz y reprimía su “instinto maternal innato” en pro de una familia de bien.  Hasta hace poco, las reinas de todos los tronos han debido de ser muy malas madres. O quizá es que el amor maternal solo sea cosa de mujeres pobres y plebeyas. Como el amor romántico, por mucho que reneguemos hoy de los matrimonios por conveniencia.
Sea como fuere, parece que últimamente el debate vuelve a estar en el candelero. La película Bad Moms, independientemente de la frivolidad con que trata el asunto, trajo a colación los sentimientos de culpa que atenazan a las mujeres que no cumplen los requisitos que se les suponen a las madres perfectas. El blog clubdemalasmadres.com ha convertido a su fundadora, Laura Baena, en una de las influencers  más reconocidas de España, con miles de seguidores en todos sus perfiles en redes sociales. Mujeres a las que admiro como Rosa Montero o Rosa Mª Calaf se han pronunciado abiertamente sobre su íntima decisión de no ser madres sin que por ello haya disminuído un àpice su femineidad. Otras, como Luz Sánchez-Mellado o Samanta Villar se proclaman abiertamente “hipomadres” o “malasmadres” sin temor a la lapidación pública por parte de quienes consideran que la maternidad es un regalo de la naturaleza. Un dulce regalo que puede estar envenenado.
Yo soy madre. Ignoro si buena, mala o mediopensionista. La vida te trastea y un buen día amaneces preñada sin paloma ni nada. ¿Cómo saber que ha surgido en ti un instinto que te habilita para amamantar, cambiar pañales, enjuagar lágrimas, limpiar mocos, hacer trabajos manuales, aficionarte a las piscinas de bolas, mediar en riñas de patio, educar en valores, corregir faltas de ortografía o asesorar en amoríos venideros? Pues no lo sabes. Te lanzas a la piscina y nadas. Sin más instinto que el de sobrevivir en una sociedad que demanda superwomen mientras que solo oferta trabajos precarios sin redes de seguridad maternal. Una temeridad, vaya. Y encima, ni siquiera entré en el lote de las beneficiarias del cheque bebé de Zapatero, que ya es mala suerte. Pero bueno, ahora que los hombres están reclamando el instinto paternal, con sus bajas por paternidad y la legalización de la paternidad subrogada, veremos cuántos héroes se animan a practicar la “maravillosa” aventura de conciliar. Y que conste que yo ya tengo mi héroe. Por cierto, si alguien tiene mi libro de la Badinter, que me lo devuelva. http://alicanteplaza.es/el-instinto-maternal-y-otros-arrumacos

viernes, 23 de junio de 2017

Los milagros de la Isleta



Cada vez hay más tumbas urbanas. Seguro que han reparado en algunas, esparcidas de forma anónima por la ciudad. En la mediana de una carretera, en una cruz de algún arcén, en una rotonda, en un paso de peatones o en una insignifacante señal de tráfico.  En ellas no se aloja ningún cuerpo pero perviven los recuerdos. El paso del tiempo se puede medir en el número de ramilletes que reposan sobre el asfalto. Flores frescas o marchitas que inmortalizan un dolor ajeno que podría convertirse en propio. Son puntos negros en el entramado urbano que deberían estar convenientemente señalizados. Como las banderas rojas en las playas o los carteles que anuncian un tramo de concentración de accidentes para que los conductores extremen la precaución. El peligro está siempre rondando nuestras vidas pero podemos estar prevenidos. Les voy a alertar de uno que conozco bien.
La rotonda de la Isleta es uno de los espacios públicos más peligrosos de Alicante. Lo digo porque lo sé. Un lugar de apariencia pacífica, casi idílica, con una fuente de chorros verticales que manan del suelo  y la “Estrella” de Eusebio Sempere presidiendo un túmulo de césped artificial donde habita un delfín herbáceo. Allí confluyen dos vías, la que desciende desde la avenida de Denia hacia la Albufereta y la que bordea la Cantera en paralelo con el mar. La parada del tranvia se esconde en el fondo, a unos metros bajo el nivel de la carretera. Entre el asfalto y la parada deprimida del tranvía hay solo una barandilla panorámica, de tubos metálicos,  que se puede derribar de un empujón. Cualquier error de un vehículo que circule por la rotonda superior puede suponer una tragedia irreparable. Para los conductores y para los pasajeros que esperan la llegada del próximo tranvía. Hace poco más de una semana, la prensa local se hacía eco del último accidente. Un coche se había despeñado desde la rotonda y había caído sobre la parada del tranvía. No hubo víctimas mortales pero los bomberos tuvieron que excarcelar al conductor que quedó atrapado, boca abajo, al lado de las vías del Tram. Fue un milagro que no aplastara a nadie en su vuelo acrobático.
Un año antes, “una joven conductora novel”, según decían los titulares, recorrió el mismo camino. Era una mañana tontorrona de primavera, de esas en que chispea a ratos. Once y media de la mañana. De vuelta de la primera clase en la Universidad. En el estómago, solo un colacao con galletas. Semáforo cerrado. Espera. Arranca. Primera. Segunda. El coche se desliza sobre el asfalto apenas mojado. Se recuesta sobre la barandilla de diseño. Y de pronto, el abismo. El mundo gira sin control. Una vuelta, otra, y el vehículo aterriza estrepitosamente junto a la marquesina del tranvía donde hacía unos instantes esperaban una decena de pasajeros. La conductora salió ilesa y abandonó el coche por su propio pie. Decenas de teléfonos móviles inmortalizaban la escena para alimentar las redes sociales mientras la joven lloraba desconsoladamente en el hombro de un desconocido.
La policía nunca averiguó la causa del accidente, pero no era la primera vez que ocurría un caso similar, decían los agentes. Tampoco sería el último. Hace unos días se ha vuelto a repetir la misma historia con distinto protagonista. Un misterio que nadie resuelve. Un peligro del que nadie avisa. Quiza solo sea un peraltado incorrecto de la curva. Quizá una barandilla demasiado endeble para sujetar el más mínimo envite,  y lo que podría ser un minúsculo roce lateral acaba en un vuelo de película. Hasta ahora, milagrosamente, nadie ha tenido que llevar flores a la Isleta, pero no tentemos a la suerte. Yo estuve a punto de hacerlo. La conductora novel todavía es mi hija. http://alicanteplaza.es/LosmilagrosdelaIsleta